12.12.04

De paseo por la ciudad de México con mi tía Chagua

En Septiembre fuí a Utah a visitar a mi mamá, quien cansada de la rutina decidió darle un giro emocionante (y completamente jalado de los pelos) a su vida e irse quesque a trabajar con una de mis tías por tres meses.
Primero voy a explicar qué rayos hacía mi mamá por esos lugares. Mi familia es bastante culpable del engrosamiento de las estadísticas de mexicanos legales e ilegales que ya están recuperando la parte sur de Estados Unidos. Todo comenzó con un compadre de mi abuelo Federico que por allá de los años 50 lo convenció de salir de Coalcomán de Vázquez Pallares, Michoacán, cruzar medio país en autobús, y por último, según cuenta la leyenda, cruzarse a nado el Río Bravo. Ahí tienen a mi abuelo, sin saber poner ni la "o" con popote, empezando a ganar un poquito de dinero, un poquito de esperanza. Al año, don Federico Barajas ya había conseguido la residencia legal (obra de su patrón), y regresaba a Coalcomán para ser la novedad. Así fue año tras año, y cuando hubo camino de terracería, mi abuelo fué el primero en llevar un coche. Por ese hecho histórico y otras particularidades era conocidísimo mi abuelito Lico, como le decíamos. Mis tíos y tías, todos sus hijos le siguieron. De ocho en total, solo tres de ellos viven en el norte ahora. Una de ellos mi tía Chagua.
Mi tía Chagua fue diferente al resto de las mujeres de la familia desde chiquita. Siempre viva y opinionada, le encantaba llevarle la contraria a mis abuelos. Cuando creció le gustaba tener de a dos novios al mismo tiempo, cosa que infuriaba a mis tías y a mi mamá. Yo creo que era pura envidia. En fin. Para no hacer el cuento largo, mi tía Chagua se casó un un chilango y se fué de Coalcomán para vivir en la Ciudad de México. Un tiempo despúes, mi mamá conoció a mi papá y se fueron a vivir al mismo lugar. Luego nací yo. Mi tía Chagua no había podido tener hijos aún, así que sintió que yo era suya. Todos los días se levantaba temprano, tomaba el camión y llegaba a la casa a verme. Mi papá siempre ha sido muy delicado con los bebés y le hacía la vida de cuadritos. Pero cuando se iba a trabajar, mi tía le lavaba el coco a mi mamá, me envolvía en un rebozo que se amarraba al pecho, y se iban las dos a pasear en camión conmigo en sus brazos. La primera excursión fue a la villa de Guadalupe, siguieron muchas más. Cuando crecí un poquito, mi tía Chagua me regaló mi primera canción. Eran sus tacones los que me gustaba ponerme, y no los de mi mamá. Ella me consentía y yo la adoraba.
Un día ya no vino a la casa. Había decidido separarse de su esposo e irse a Estados Unidos sola. El tiempo pasó muy rápido, y yo no la dejé de extrañar nunca. Un día mi mamá me enseño una foto de ella y su hijo. Mi tía no se casó, simplemente se enamoró y tuvo un bebé.
Irse a Estados Unidos sin el marido y después tener un bebé sin casarse fue demasiado para mi sacrosanta familia. Mi tía ha vivido bastante aislada, y ha tenido que afrontar la vida prácticamente sola.
Cuando iba en el avión hacia Utah tenía miedo. Tenía muchísima pena por nunca haberle dicho lo que sentía por ella antes, por haber tenido que esperar hasta ahora. Por no haber sabido hacer algo para evitar una separación así.
Llegué y fueron a recogerme. Cuando tuve a mi tía enfrente de mí, reconocí al instante esos ojos llenos de vida que yo recuerdo tan bien. El tiempo no pasa de balde, y mucho en ella ha cambiado, pero no su espíritu, no su generosidad ni su avidez por la vida. Le dí un abrazo, intenté balbucear una explicación que simplemente ella no necesitaba oír.
Después me sentí como en mi casa. Mi tía me cocinó cochinita pibil y se me fueron las noches sentada en mi cama oyendo sentencias de ella y de mi madre.
En ese viaje recuperé una parte de mi corazón, y ahora no la voy a perder más.